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martes, 9 de julio de 2013

La (s)elección del ser


El documental Homo Technologicus (Un homme presque parfait, Francia, 2011) de Cecile Denjean se adentra en un futuro próximo, el de las prótesis biónicas, los transhumanos o cyborgs (humanos-máquinas), la eugenesia mercantil, en el que la ciencia y la tecnología intentan arrebatar el poder soberano de la naturaleza sobre la vida, la creación, la evolución y la muerte.           

Dejando a un lado las grandes cuestiones filosóficas que el implacable avance de la ciencia y su puesta en escena implican, me gustaría fijar la atención en una problemática concreta que se trata en el documental: La de los seres humanos pre-diseñados por los progenitores.  

Uno de los campos que aborda el filme es la selección genética preimplantacional, más conocida como “bebés a la carta”. El hecho que podamos determinar el sexo, el color de ojos o el la piel de nuestro futuro hijo, o quién sabe, si su inteligencia, su predisposición a ciertas disciplinas o habilidades, ¿no supone un poder sobredimensionado de los padres – o su extensión, la sociedad – sobre los hijos? Aquellas imposiciones que los padres decreta(ba)n a los hijos sobre su futuro, como “Hijo, vas a estudiar derecho”, “Hijo, tienes que entrenar”, o “Hija, tienes que cuidar tu aspecto”, se nos aparecen como meras bagatelas en comparación con el poder total frente a la creación. Puesto que en este caso el poder se ejerce sobre el mismo ser del hijo no nato.

Como una creación del mismísimo doctor Frankenstein, los niños del futuro nacerán ya modelados, pre-diseñados, perfeccionados, salidos de un catálogo pre-mamá. “Quiero el paquete número 3: Niño alto, rubio, de aspecto atlético y bueno en matemáticas”, o “Déme el número 6: Niño con carácter y sangre fría. Triunfador. Modelo banquero sin escrúpulos.”

Estos niños pre-concebidos que están por nacer carecerán no de humanidad, sino
de naturaleza, en el sentido que su creación estará exenta en gran parte de azar. Niños creados a pedazos según los caprichos de sus padres. Incapaces de ser por sí mismos, porque su ser habrá sido elegido previamente.


A los futuros padres con semejantes intenciones: ¿Por qué no se compran ustedes un muñeco y le dan cuerda?


viernes, 24 de agosto de 2012

Diario apócrifo de Ana Frank* por Juan Soto Viñolo y Carmen Lloret


23 de marzo de 1945


Esta mañana he conseguido reunir fuerzas suficientes para levantarme de la cama. He dejado a Margot tendida en la cama, su rostro dibujaba una sonrisa en los labios. Parecía feliz, pero en realidad tan sólo era el producto del delirio. Al salir del barracón la luz me ha quemado mis débiles ojos. Pero me he sentido reconfortada por la tenue brisa. Sin embargo, pronto un escalofrío me ha recorrido el cuerpo. Es marzo. Y aquí, en Bergen-Belsen, el invierno parece que no se acaba. Me he dirigido rápidamente hacia la alambrada del campo de los libres, con la esperanza de que alguien me lanzara un paquete de comida para mí y mi hermana. La gente del campo de los libres es buena y a veces nos dan algo para comer a nosotros, restándoselo a ellos. He estado esperando unos veinte minutos frente a la alambrada. Helada de frío. Y entonces ha llegado Rachel, que me ha entregado un paquete con un mendrugo de pan y un par de zanahorias medio podridas, lo que se puede considerar un manjar, en comparación con lo que hemos estado comiendo (o, más bien,  repelando) las últimas semanas. Me he ido corriendo de nuevo al barracón. Y al abrir el paquete me he percatado de que los alimentos estaban envueltos en papel y que dentro, junto a la comida, había un pequeño lápiz y una nota que decía: “Ana, escribe”. Al parecer, Maria se había quedado fascinada con las historias que le había contado y se las arregló para hacerme este maravilloso regalo. Me he emocionado tanto que he roto a llorar, recordando los días felices en que escribía mi diario en la casa de atrás. Cuando el hastío de la rutina y el silencio no me permitían valorar la vida. Margot se ha dado cuenta y ha bajado de la cama como ha podido, balanceándose. Se lo he contado todo y ha sonreído. No sé hasta qué punto ha comprendido mis palabras. Le he dado algo de comer y después la he ayudado a subir de nuevo a la cama. Me he acurrucado en un rincón y he empezado a escribir.


27 de marzo de 1945

Mucho ha transcurrido desde aquel luminoso día de agosto en que el sueño se desvaneció. La incertidumbre dio paso a la certeza. Kluger abrió la puerta, subió las escaleras y dijo con voz queda: “La Gestapo está aquí”. Ahora éramos verdaderos prisioneros Pensé que se me venía el mundo encima y, en cierto sentido, era verdad. Nos dejaron apenas una hora para recoger nuestras pertenencias y luego nos llevaron al cuartel general de la Gestapo en Euterperstraat, donde nos interrogaron. Después tuvimos ocasión de despedirnos de Kluger y Kleiman. No miento al decir que los Frank estábamos consternados por lo que les podía suceder a nuestros amigos, que durante más de dos años habían cuidado de nosotros arriesgando su vida. Que estaban allí, arrestados, por nosotros. Tres días después nos trasladaron al campo de Westerbork. El viaje fue apacible. Nos dieron algo de comida y agua. Estábamos juntos y eso era lo importante. Me dio la sensación de que íbamos de excursión. Durante el viaje me entretuve mirando el paisaje. Llegamos a Westerbork al día siguiente. En seguida nos identificaron, nos dieron monos azules con parches rojos en los hombros y unos zuecos de madera. La vida en el campo era algo dura. Nosotros, los judíos convictos (así era como nos llamaban por habernos ocultado de los nazis durante la guerra, qué ironía) debíamos realizar trabajos más duros que los demás y nos entregaban menos comida.  Pero a pesar de todo, la esperanza de la liberación nos hacía fuertes.  Mi padre me acompañaba siempre que le era posible, reconfortándome con sus palabras. Sin embargo, no pasó mucho tiempo, cuando nos incluyeron en la lista de los presos que debían ser trasladados al este. Ninguno conocíamos con certeza el destino final. No obstante corrían rumores. Auschwitz
Cientos de personas subimos a ese tren. Cada uno iba cargado con una mochila con las pocas pertenencias que poseía y una manta. En el vagón reinaba la oscuridad y un hedor insoportable me recorría las fosas nasales. Hacía mucho frío. Me abracé a mi padre. Sonó el silbato. La gente se quedó en silencio. El tren se puso en marcha y empezaron los sollozos, que se prolongaron hasta la llegada al campo de exterminio. Finalmente, tras tres días de viaje el tren se detuvo. Se abrió la puerta y  escuchamos cómo los soldados golpeaban los vagones con las culatas de los rifles gritando: “¡Juden, raus, schnell!”. Esa fue la última vez que vi a mi padre. Ahora sé que está muerto.


1 de abril de 1945

Margot está cada día peor. Tiene tifus, igual que yo. Los piojos se nos comen vivas. Rachel, mi amiga, me advirtió que no nos trasladáramos al barracón de los enfermos. Pero aquí, a veces, se está caliente y tranquilo. Los lamentos de la gente se desvanecen y hay momentos en que olvidamos dónde estamos. Y nos dormimos con la esperanza que al despertar la pesadilla se haya esfumado.

                       
7 de abril de 1945

 En Auschwitz nos separaron de nuevo. Mi madre no logró estar entre los seleccionados para el traslado a Bergen-Belsen. Sólo Margot y yo. Ya estará muerta. Vi cómo metían a la gente en los barracones, oí los gritos de auxilio que duraron varios minutos y vi cómo los sacaba después y los llevaban a los crematorios. No puedo pensar ni por un segundo que es eso, lo que le ha sucedido a mi querida madre. Desde que nos encontraron hemos sufrido miles de humillaciones. Vi a Mengele y sentí un pánico indescriptible. Corren historias de lo que le hace a la gente. Para él sólo somos mercancía. Cuando salgo del barracón ya no distingo a seres humanos, son como fantasmas sin voluntad. Es una suerte que aquí no hayan espejos, de ser así la gente se suicidaría. Aquí todos estamos enfermos. Y tenemos que convivir con los muertos, que yacen apilados unos encima de los otros. Dándonos su cruel testimonio. Quién sabe cuánto tardaremos en estar entre ellos.


 * Publicado en Jano, revista de medicina y humanidades



                                                            

martes, 3 de abril de 2012

Peligro nuclear en Lituania (junio de 2002)

El pasado 30 de mayo vi por televisión un documental sobre la central nuclear de Ignalina en Lituania. En el documental se barajaba la posibilidad del cierre, dadas las condiciones en que se encontraba el estado de la central. A pesar de que el lugar donde se iba a emplazar la central se asentaba sobre tres fallas, y que en la zona se habían registrado movimientos sísmicos con anterioridad, el gobierno (consciente de todo ello), no vaciló un instante y en vez de situar la central a unos dos kilómetros, donde el riesgo de un seísmo no era tan grande, se decantó por un sistema de predicción de seísmos que alertara a la central, cuyo coste económico era mucho menor que un nuevo emplazamiento. Actualmente el desmantelamiento de la central es una opción, pero el gobierno actual la descarta hasta 2009, dado que representa un coste demasiado elevado y no se lo puede permitir hasta entonces. La central proporciona el 60% de la electricidad de Lituania, de ser desmantelada deberían arroparse en energías alternativas, pero esa no es una buena opción según el gobierno.¿Por qué habría de serlo? ¿Por qué apostar por energías limpias y no contaminantes y menos peligrosas? ¡Qué disparate! De nuevo, nos encontramos con que el dinero pesa mucho más que la seguridad de los ciudadanos. Seguramente cuando se nos venga encima otro Chernobil el presidente del gobierno lituano Valdas Adamkus y sus secuaces tendrán en las manos un billete de avión con un destino muy lejano.

***

3 de abril de 2012

La central de fue cerrada el 31 de diciembre de 2009. Afortunadamente, no se produjo una catástrofe nuclear en Ignalina.

Nueve años después, la central de Fukushima (Japón) sufre varias explosiones y fugas debidas al terremoto y maremoto del 11 de marzo de 2011.

El accidente nuclear es equiparable a Chernobil.

viernes, 9 de marzo de 2012

La vida imita al arte (19 de enero de 2003)

La reciente noticia del psiquiátrico ruso, que no tuvo más remedio que abrir sus puertas a los internos menos violentos y que causó finalmente la muerte de un ciudadano ,parece salida de un cuento kafkiano. El hospital psiquiátrico no disponía de dinero para alimentar a sus pacientes por falta de presupuesto. De ahí que permitieran salir a unos doscientos para que ellos mismos se buscaran las habichuelas. El resultado: la muerte de un civil, que se negó a dar de comer a uno de los enfermos.

            Este hecho me recuerda, inevitablemente, a la célebre obra de Dostoyevski Crimen y Castigo, por varias razones. La primera es que ambos sucesos ocurrieron en Rusia. La segunda se refiere a, que tanto en el asesinato de la novela como en el acaecido el pasado martes, el arma del crimen era un hacha. La tercera es que los dos asesinos tenían una causa noble, que les impulsó a cometer el delito. En la novela se trataba de dinero con el que el protagonista ayudaría a mucha gente; en la realidad era una cuestión de pura supervivencia. Sin embargo, pienso que lo que más une a estas dos historias es su trasfondo literario. Porque, ¿quién, en el caso de no estar enterado de la noticia ni de la novela, sería capaz de adivinar cuál de las dos es la verdadera?